De la voluntad popular al miedo popular

De Demarquía Planetaria

Por qué la democracia se ha convertido en un “reflejo de miedos” y cómo la Demarquía cambia el juego a suma positiva

1) La tesis (en una frase)

La democracia contemporánea ha dejado de representar de forma fiable la voluntad popular y se ha convertido crecientemente en un mecanismo que traduce y amplifica los miedos populares; el resultado es un todos contra todos donde, incluso cuando alguien “gana” unas elecciones, la sociedad pierde.


2) El síntoma central: votar “contra” y votar “lo menos malo”

En muchas democracias, una parte decisiva del electorado ya no vota principalmente por adhesión a un proyecto, sino por defensa:

  • Voto de bloqueo (negativo): “Voto a X para impedir que gobierne Y.”
  • Voto del mal menor (resignado): “No me convence X, pero es lo menos malo viable.”
  • Voto convencido (afirmativo): “Quiero que gobierne X por su proyecto.”

Cuando el voto defensivo (bloqueo + resignación) domina, la elección deja de ser un mandato para construir y se vuelve un mecanismo de contención: no elijo un futuro, evito un desastre.


3) La causa estructural: elecciones percibidas como “existenciales”

La deriva hacia el voto defensivo no es (solo) psicológica; es estructural. La política se ha vuelto existencial para demasiada gente:

  • Si te preocupa vivienda, salud, ingresos o seguridad, cada victoria del “otro” se vive como amenaza directa.
  • Los partidos aprenden que el miedo moviliza más que la esperanza.
  • Los medios y redes recompensan el conflicto: indignación, tribalismo y simplificación (“nosotros vs ellos”).

Esto produce un círculo vicioso:

  1. Se exagera el riesgo del adversario.
  2. Aumenta la polarización afectiva (rechazo emocional).
  3. Crece el voto de bloqueo y el “mal menor”.
  4. El gobierno resultante tiene poco apoyo entusiasta (poco mandato).
  5. La decepción alimenta más miedo y más radicalización.

4) El resultado: un juego de suma cero (o suma negativa)

En términos simples, el sistema empuja a la sociedad a jugar como si la política fuera:

  • Suma cero: “Si tú ganas, yo pierdo.”
  • Suma negativa: “Prefiero que tú pierdas aunque yo no mejore.”

Cuando la racionalidad dominante es defensiva, la cooperación se castiga y la confrontación se recompensa. El equilibrio social se parece a un dilema del prisionero: cada bloque actúa “racionalmente” para protegerse, pero el resultado agregado es peor para todos:

  • reformas bloqueadas,
  • legitimidad erosionada,
  • instituciones capturadas o paralizadas,
  • frustración crónica y riesgo de choque institucional.

En ese contexto, “ganar elecciones” no equivale a “mejorar la vida”: equivale a evitar temporalmente que gobierne el enemigo.


5) La propuesta demárquica: cambiar el juego (no pedir santos)

La Demarquía Planetaria parte de una premisa: no necesitas ciudadanos moralmente superiores si cambias la arquitectura de incentivos.

Su idea-fuerza es el Egoísmo Ilustrado: diseñar un sistema donde el interés propio bien entendido y el interés común coinciden.

No se trata de “convencer” a la gente de cooperar.

Se trata de crear reglas donde cooperar sea la estrategia más inteligente.


6) El mecanismo de suma positiva: “si a los demás les va bien, a ti te va bien”

Con herramientas como:

El sistema reconfigura los incentivos:

  • Bloquear por bloquear deja de “pagar”.
  • La prosperidad ajena deja de ser amenaza: se convierte en condición de tu propia prosperidad.
  • El conflicto identitario pierde valor económico y político.
  • La política se desplaza del teatro moral (“buenos vs malos”) hacia optimización verificable (“qué funciona, con qué costes, con qué límites”).

Eso es el paso de un juego de suma cero/negativa a uno de suma positiva: un orden donde el mejor movimiento para ti tiende a ser también el mejor movimiento para el conjunto.


7) Conclusión final

La democracia actual, en demasiados países, ya no agrega la voluntad popular: agrega el miedo popular. Por eso termina en un todos contra todos donde, gane quien gane, la sociedad se empobrece en confianza, cooperación y capacidad de futuro.

La Demarquía propone algo más radical que “mejorar la democracia”: propone cambiar el juego.

No pide altruismo; propone un diseño institucional y económico donde el egoísmo ilustrado convierta la cooperación en la estrategia racional y donde la política deje de ser una guerra preventiva para convertirse en construcción compartida.


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